El mundo actual se halla inmerso el la conflagración de los «mass media». Los sistemas visuales de comunicación - ¿de intimidación? siguen manteniendo a raya, en un apasionante cuerpo a cuerpo, al grueso de los sistemas auditivos. La pintura, ese misterio, no ha podido permanecer neutral, naturalmente, y ha pasado a engrosar, con armas y bagajes, los ejércitos visivos. Nunca la pintura ha podido dejar de ser beligerante, al lado del acontecer histórico del hombre en su avatar más activo y perentorio. Nos aproximamos, así, a la pintura de Sento, ese misterio.

Pero no vale anticipar los acontecimientos. Regresemos, siquiera por un momento, a ese campo de batalla de los «mass media», porque aquí está el nudo de la cuestión. Pronto reencontraremos a Sento, que es, en realidad, de quién se trata. En esa guerra visiva interviene una guerrilla audaz y temeraria. Pelea un poco a lo francotirador, pero su acción resulta casi siempre arrolladora. Se habla, usted lo habrá, tal vez, adivinado, de la publicidad, del cartel publicitario, del anuncio gráfico, desenvuelto, audaz, estridente, persuasivo. Quien dijo que un cartel debe ser un grito pegado a un muro no anduvo muy lejos de la verdad.

Y ahora volvemos a Sento para detenernos en su pintura. Una aleación de «mass media» y publicidad, en partes alícuotas, había de dar forzosamente esa pintura misteriosa y exacta, entre la sociedad de consumo y el sexo, dos solicitaciones igualmente activas e igualmente perentorias. O, si usted quiere, entre la ortopedia - ¿donde la muleta de Dalí? - y el cálculo infinitesimal. Tampoco el modernismo y sus encorsetados talles, última reminiscencia del barroco, andan lejos de la pintura integrada de Sento, en el polo opuesto de la barroca opulencia primorosa. Para que ello fuese posible, cosa nada deseable, sobran rigores métricos y probabilidades matemáticas. Y esto, exactamente, es lo que da medida y peso específico a la pintura de Sento, vencedora en la conflagración de los «mass media» y la publicidad. Pero la pintura de Sento, más que un grito metido en un marco, es una llamada insinuante, una fascinación.

Prof. Angel Marsá 1975

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